Texto de Fernando Arguello Garzo:
¡Qué alegría ver la plaza llena de caras conocidas! Os aseguro que es un orgullo enorme estar hoy aquí, aunque… también me impone bastante respeto.
Cuando me propusieron dar este pregón, lo primero que pensé fue algo que todos los que estamos hoy aquí compartimos: que el que debía estar en mi lugar, con este micro, con su carisma, su vespino y sus botes de spray, es mi hermano Juan Carlos, el «Muelle».
¡Hola a todos, vecinos y vecinas!
Él nos dejó en 1995, dejando un gran vacío, pero estoy seguro de que hoy nos está mirando desde alguna azotea de esta plaza, con su sonrisa, emocionado de ver que Campamento lo sigue queriendo y recordando como el primer día. A mí me conocéis por él, porque soy su hermano, y llevar su memoria por estas calles es el orgullo más grande de mi vida. Así que, aunque hoy hablo yo, el pregón lo damos los dos.
Y precisamente, en mi nombre, en el de mi familia y amigos, quiero aprovechar este altavoz para dar un agradecimiento muy especial.
Queremos agradecer profundamente al Ayuntamiento de Madrid y a la Junta Municipal de Distrito de Latina por todo el esfuerzo y sensibilidad que han tenido estos años para mantener vivo su legado. Gracias por haber conservado de manera institucional algunas de sus firmas históricas por el centro de Madrid, protegiéndolas como lo que son: patrimonio de nuestra cultura.Gracias también por haberle otorgado una plaza con su nombre aquí, en el barrio, entre las calles Carabias y Paseo de Extremadura, a escasos metros de donde estamos ahora mismo. Y, por supuesto, gracias por esa placa tan bonita que colocaron en la fachada de nuestro bloque, en la calle Carazo, recordando el lugar exacto donde nació y se crio mi hermano. Donde nació y se crio el Muelle.
Es de bien nacidos ser agradecidos, y estos homenajes significan muchísimo para nosotros. Mi hermano siempre llevó el nombre de Campamento con orgullo por todas partes. Allá donde iba, decía que era de Campamento. Y lo más bonito de todo es que, gracias a su arte, logró situar a nuestro barrio en el mapa nacional. De hecho, a día de hoy, muchísima gente de fuera de Madrid conoce el nombre de Campamento precisamente por estar vinculado a la leyenda del Muelle.
Pero ya que estamos aquí reunidos, y aprovechando que tenemos a las instituciones escuchando, también es de justicia recordar que todavía queda una asignatura pendiente. En esa plaza dedicada a mi hermano todavía falta por poner un elemento que resalte su figura. Esto no es un capricho de la familia ni de los vecinos; es un compromiso formal que se aprobó por unanimidad de todos los grupos municipales del Distrito en el ya lejano año 2011. Llevamos muchos años esperando que esa promesa se haga realidad. Ese monumento no solo haría justicia a su memoria, sino que serviría como un reclamo turístico para que la gente venga a visitarlo y a fotografiarlo, algo de lo que lamentablemente tan faltos estamos en el barrio. Por eso, desde este pregón y con el apoyo de toda la plaza, animamos al Ayuntamiento y a la Junta a dar ese último paso, a cumplir con lo acordado y a levantar ese elemento que atraiga vida, cultura y orgullo a Campamento.
Hablar de Campamento es hablar de nuestra infancia, de esos años en los que nos pateábamos el barrio de punta a punta. ¡Qué buenos tiempos! Nos repartíamos por todos los colegios de la zona. Mi hermano pasó por las aulas del Mirador y del Balmes Castañar, donde ya empezaba a llenar de firmas y dibujos los márgenes de los cuadernos.
Seguro que muchos de los que estáis aquí también fuisteis al Colegio Mirador, al Nuestra Señora de los Reyes, al Balmes Castañar, al Colegio Roma o al Gran Capitán, ahí metido en la Colonia Militar. ¡Incluso al Abraham Lincoln! Que vale, que estaba al otro lado de la autopista y cruzar era una aventura, pero era tan nuestro como cualquier otro.
Pero el tiempo fue pasando, aquellos colegios pequeños fueron cerrando sus puertas y la historia nos tenía guardado un destino común. Muchos de nosotros acabamos juntos en el colegio grande del barrio: el Hermanos Pinzón. Ahí se juntaron todas las pandillas, todas las aulas y todos los patios. El Colegio Hermanos Pinzón se convirtió en el gran cuartel general de nuestra juventud, el sitio donde terminamos de criarnos y donde nos convertimos en los vecinos que somos hoy.
Y fue precisamente en estos patios, en estas calles y plazas, donde ocurrió algo histórico que cambió la cultura de todo un país. Mi hermano Juan Carlos fue el pionero, el primer escritor de grafiti de Madrid y de toda España. Pero hoy quiero romper una lanza por el barrio, porque Campamento fue la auténtica cuna del grafiti.
De aquí, de nuestras esquinas, surgieron muchos otros escritores conocidos que, spray y rotulador en mano, formaron junto a mi hermano la primerísima escena grafitera de Madrid. Chicos del barrio que convirtieron nuestras paredes en el lienzo de una generación que buscaba libertad y color. Campamento no solo vio nacer la firma del muelle y su flecha; vio nacer un movimiento artístico urbano que luego se exportó a toda la península. Debemos estar bien orgullosos de que la historia del arte urbano español lleve el nombre de nuestro barrio grabado a fuego en sus cimientos. Y de niños, cuando no estábamos pintando, jugando a las canicas, a las chapas, al fútbol, al rescate o en el colegio, nuestro gran refugio los domingos era ir al cine. ¡Menudas tardes! Íbamos todos al Conde Condestable, que los más veteranos siempre recordamos como el Cine España. Allí nos metíamos a devorar, por poco más de 100 pesetas, dos películas seguidas en sesión continua.
Aunque a veces, entre película y película, el cine se llenaba de unos espectadores muy particulares: los soldados de reemplazo. ¡Campamento estaba hasta arriba de militares jóvenes! Era un espectáculo ver parte del barrio adaptado a ellos. Llegaban cansados, dejaban los petates a un lado y se metían al cine a echarse una cabezadita, o se abarrotaban en los bares de toda la vida para tomarse unas cervecitas.
Parte de la hostelería del barrio estaba pensada para ellos. Cómo no acordarse de las barras del Mi Patio, El Cruce, del Sanchi o El Conquis, y de tantos otros templos del bocata de tortilla, el medio cubata y el mini de cerveza que marcaron la época.
Seguro que os acordáis de las tardes en la cafetería Domaicas, en el bar de La Cañada, en El Dúo, Las Tres Bes, Los Lobos o Los Leones de Castilla. Y cómo no, nombro al Bauti, al Mister J, al Chikuy, al bar de Vicente, al Chiquitín y el de Fernando «Chirriki», y tengo también un recuerdo para el bar Marcelino, al otro lado de la autopista. Todo aquello era un hervidero de vida que grabó a fuego la personalidad de nuestras calles.
Pero esa tradición hostelera no se ha perdido. De hecho, hoy quiero agradecer de corazón el tremendo compromiso de nuestros bares actuales. Gracias a su esfuerzo y dedicación, este año celebramos por todo lo alto, y por quinto año consecutivo, la ruta de la tapa del barrio: ¡nuestro Tapamento! Gracias a todos los hosteleros que se lo curran detrás de la barra para deleitarnos con esas tapas tan espectaculares, llenando nuestro barrio de sabor, de encuentros y de alegría. ¡Gracias por mantener el listón tan alto!
Andar de bar en bar era cosa de mayores, pero cuando nosotros salíamos de clase, nuestro verdadero cuartel general era la Casa de Campo. Allí pasábamos las horas muertas y éramos felices con muy poco.
Tengo grabada en la memoria una estampa que seguro que muchos compartís: aquella soga colgada de un árbol junto al arroyo Meaques. Había que tomar carrerilla desde la orilla, para balancearse sobre el arroyo colgado de la cuerda. Si salía bien, cruzabas al otro lado como un héroe. Pero si calculabas mal, terminabas empapado en el Meaques, volviendo a casa chorreando, pensando en la que te iba a caer al llegar. Pero, ¿y lo bien que lo pasábamos?
El barrio se construía de esos pequeños momentos diarios y con el comercio de toda la vida. Quién no se acuerda de comprar en la panadería de Juanito o en la tienda de Pulido, en la papelería Castizalez, en la de Andrés o la de La Paz, o comprar en Marsonia o en la mercería Juli. Ir a los recados era la excusa perfecta para cruzarte con todo el mundo.
Y si miramos atrás, da nostalgia repasar la cantidad de sitios que ya no están pero que fueron el mapa de nuestras vidas. Los churros y patatas fritas de La Paquita, los vinos en la bodega Algava, las bolsas de kikos y los litros de cerveza de Melero, el periódico que comprábamos en el quiosco de prensa de la calle Galicia o los tebeos en el quiosco de Andrés, ahí mismo en la plaza del Muelle. Los zapatos que nos probábamos en la zapatería de José Luis o las compras con nuestras madres y abuelas en el desaparecido mercado de Carpesa, con aquel trasiego mañanero después del cole. ¡Menos mal que nos queda el mercado de Villaviciosa!
Andar por estas calles es ver resistencia pura. Por eso, hoy quiero dar un agradecimiento gigante a todos los establecimientos de Campamento. A los históricos que siguen abiertos aguantando tormentas, y a los nuevos que se atreven a levantar el cierre y apostar por nuestras calles. Y, por supuesto, quiero agradecer enormemente la colaboración de todos los comercios e instituciones que han arrimado el hombro y aportado su granito de arena para hacer posible que hoy estemos aquí inaugurando un año más las fiestas. Levantar estas fiestas es un puzle enorme y su ayuda es fundamental. ¡Un aplauso para todos ellos!
Andar con paso firme era obligatorio en el barrio, y para poner orden, cómo no acordarse de la antigua parroquia de Nuestra Señora del Pilar. Aquella nave enorme de ladrillo rojo que en invierno era fría y en verano un horno. Al frente estaba don Manuel, el cura militar. ¡Había que andar derecho con él! Nos tenía a todos a raya y con una sola mirada imponía un respeto tremendo. Ahora la iglesia actual es preciosa y moderna, pero el recuerdo de don Manuel y de aquella nave de ladrillo forma parte de nuestra historia.
Campamento siempre ha tenido un ritmo y talento especial. En los ochenta, cuando las paredes de Madrid empezaban a llenarse con las firmas de Muelle, mi hermano se rodeó de gente que compartía su misma inquietud por crear cosas nuevas. Entre ellos estaban los componentes del grupo Ketama, nuestros vecinos. Eran amigos de verdad, de los de compartir charlas y tardes en el barrio. Especialmente Antonio Carmona, que tenía un vínculo estrecho con Juan Carlos.
Se entendían de maravilla porque los dos eran pioneros en su arte: uno fusionaba el flamenco y el otro cambiaba las paredes de la ciudad. Esa energía sigue viva hoy en día, y tenemos la suerte de tener como vecino a otro grande como Iván Huecco, que lleva el nombre de Campamento con un orgullo enorme y, además, nos trajo de vuelta la pastelería Marimer. Este barrio siempre ha tenido una banda sonora increíble.
Pero mirar al Campamento de hoy también significa hablar claro de lo que sufrimos. Llevamos ya dos largos años aguantando las obras de soterramiento de la A-5. Una autopista que lleva aislando nuestro barrio desde el año 1968, con una frontera de asfalto y ruido.
Y lo que no es de recibo, vecinos, es que después de tragarnos todo el polvo, los atascos y los ruidos, de momento el soterramiento no vaya a llegar justo a nuestra zona. Da rabia ver que, si la cosa no cambia, vamos a tener que seguir cruzando a Aluche a pie por el oscuro pasadizo de Padre Piquer. Campamento no es un barrio de segunda. Llevamos décadas esperando y nos merecemos soluciones completas, no parches que nos dejen a medias. Desde aquí, y con la fuerza de todos, pedimos que no se olviden de nosotros y que terminen la obra como Dios manda para unir el barrio con el resto de Madrid.
Y si hay alguien que se deja el alma y el corazón para que no nos convirtamos en un barrio dormitorio aislado por el asfalto, son ellos. Quiero pedir un aplauso inmenso para la Asociación Vecinal Campamento. Ellos son los que me han invitado a estar hoy aquí y los que han organizado, a base de esfuerzo desinteresado, estas fiestas que hoy inauguramos.
La Asociación no trabaja solo esta semana; su labor es ayudar a los vecinos los trescientos sesenta y cinco días del año. Son los responsables de esas actividades donde se comparte tanta complicidad, de las clases que alegran las tardes, los talleres de que despiertan nuestro arte y ese club de lectura que nos invita a viajar.
Y, hablando de dejarse el alma… en este punto quiero mandar un saludo enorme, con todo mi cariño y respeto, a Antonio Rodríguez. Antonio fue el presidente de la antigua asociación durante décadas y se partió la cara por este barrio cuando las cosas se ponían difíciles. Líder de tantas batallas vecinales, él nos enseñó el camino de la constancia y la dignidad, luchando incansablemente por cada rincón de nuestras calles. ¡Gracias, Antonio, por tu inmenso legado!
Y de la misma manera que cuidamos la cultura y la convivencia, hay que cuidar a los que cuidan de nuestros chavales. Quiero mandar un reconocimiento enorme, lleno de admiración, al Club Deportivo Campamento. Ellos siguen ahí, al pie del cañón año tras año, formando en su cantera de fútbol no solo a deportistas, sino a las futuras generaciones de vecinos, enseñándoles el valor del compañerismo, del esfuerzo y del respeto.
Pero hay que decirlo bien alto: es una auténtica anomalía que el nuestro sea uno de los poquísimos campos de arena que todavía quedan en todo Madrid. En pleno siglo veintiuno, nuestros niños siguen jugando en la tierra, dejándose las rodillas entre las piedras mientras el Ayuntamiento, de momento, hace oídos sordos y mira para otro lado cuando le pedimos que eche una mano para poner, de una vez por todas, el dichoso césped artificial. Desde este micro pedimos por favor unas instalaciones dignas para nuestra cantera, porque el Club Deportivo Campamento y sus chavales ¡merecen jugar en las mismas condiciones que el resto de Madrid!
Toda esta historia y estas batallas son las que nos han traído hasta aquí. Pero la identidad de Campamento no se detiene; se enriquece día a día. Por eso, hoy también es una noche perfecta para dar una bienvenida enorme a todos los nuevos vecinos y vecinas que os habéis ido incorporando al barrio estos últimos años.
Gracias por elegir Campamento para hacer vuestro hogar. Llegáis a un lugar único, y estamos felices de mezclar con vosotros vuestra cultura, vuestro conocimiento y vuestros buenos hábitos. Vuestra energía suma y nos hace mejores. Ya sois parte de Campamento.
Y en honor a toda nuestra historia y al futuro que construimos juntos, las quejas legítimas, los problemas de la A-5 y los atascos se van a quedar a un lado por unos días. Quedan oficialmente inauguradas las fiestas de Campamento. Toca buscar a los amigos de toda la vida —esos con los que os columpiabais en el Meaques o compartíais cervezas en la placita—, conocer a los nuevos vecinos, saborear las tapas del Tapamento, pedir unas raciones, tomarnos una caña a la salud de los que ya no están y disfrutar de la compañía. Vecinos, vecinas, salgamos a la calle a pasarlo bien y a celebrar con el orgullo de ser de donde somos.
¡Viva el barrio de Campamento!
¡Vivan nuestras fiestas! A disfrutar todos juntos.
Muchas gracias.





